A story to share together
Toni y la aventura de la fresa brillante
La curiosa tortuga Toni descubre que compartir una deliciosa fresa que encontró en el bosque con sus amigos es mucho más divertido que comérsela sola.


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Una mañana soleada, la tortuga Toni se puso su sombrero rojo y salió de su casa. Su caparazón estrellado brillaba bajo el sol. Hoy estaba impaciente por explorar nuevos lugares en lo profundo del bosque que nunca antes había visto.

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Mientras Toni caminaba con pasos lentos, vio algo que brillaba entre los arbustos. Era la fresa más grande y más roja que había visto en toda su vida. La fresa olía tan dulce que a Toni se le abrió el apetito de inmediato.

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Justo cuando iba a darle un gran mordisco a la fresa, oyó que la hierba crujía cerca de allí. El conejo Pamuk apareció moviendo sus largas orejas rosadas. Pamuk parecía tener mucha hambre y miraba a su alrededor con tristeza con su cesta vacía.

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Toni escondió la fresa detrás de su espalda porque no quería compartir esta hermosa fruta con nadie. Pensó para sí misma que esta fresa solo era suficiente para ella. Sin embargo, al ver a Pamuk tan triste, su corazón empezó a encogerse un poquito.

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En ese momento, la ardilla Ceviz bajó rápidamente del árbol. Su bufanda azul ondeaba al viento. Ceviz dijo que hoy no había encontrado ninguna avellana y que tenía mucha hambre. Toni se encontraba ahora a solas con dos amigos hambrientos.

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Toni miró la fresa y luego miró a sus amigos. Si se comía la fresa sola, sus amigos se quedarían con hambre. Pero respiró hondo pensando que, si la compartía, tal vez esta gran fresa alcanzaría para todos.

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La tortuga Toni sonrió y dividió la fresa en tres partes iguales. Les ofreció las partes más grandes a sus amigos. El conejo Pamuk y la ardilla Ceviz se pusieron muy felices con este gesto tan amable y abrazaron a Toni dándole las gracias.

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Los tres amigos se sentaron en la hierba y empezaron a comer su fresa. Sabía mucho más deliciosa de lo que Toni esperaba. Mientras conversaba con sus amigos, Toni se dio cuenta de que comer sola nunca había sido tan divertido.

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Cuando estuvieron llenos, empezaron a jugar juntos. Compartir no solo había llenado su barriguita, sino también su corazón. Toni ahora sabía muy bien que lo más valioso del bosque no eran las frutas, sino los momentos felices que pasaba con sus amigos.

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Al ponerse el sol, Toni caminó tranquilamente hacia su casa. Sus amigos se despidieron de ella saludando con la mano. Y desde ese día, Toni se convirtió en la tortuga más querida del bosque, compartiendo todo lo bueno que encontraba con sus amigos.



