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Leo y la misión del diente brillante
Un valiente leoncito aprende a proteger sus dientes de los Duendes Azucarados usando un cepillo mágico y pasta dental burbujeante.


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A Leo el León le encantaba comer dulces como pasteles de miel y mermelada de bayas. Cada noche, su pelaje dorado terminaba cubierto de migas pegajosas. ¡Él no sabía que diminutos e invisibles Duendes Azucarados se escondían en su boca!

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De repente, un pequeño amigo aterrizó en el hombro de Leo. Era Barnaby el Pájaro, el doctor más inteligente de la selva. Barnaby ajustó sus anteojos plateados y miró de cerca la gran y feliz sonrisa de Leo con una cara muy seria.

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Barnaby le dijo a Leo que el azúcar puede hacer que los dientes se sientan gruñones y tristes. Si los Duendes Azucarados se quedan demasiado tiempo, empiezan a hacer pequeños agujeros en los dientes. Los ojos de Leo se abrieron de par en par mientras escuchaba a su sabio amigo.

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Barnaby sacó una herramienta mágica de su bolso. Era un cepillo de dientes de color naranja brillante con cerdas suaves y onduladas. Le dijo a Leo que esa era la espada que necesitaba para luchar contra los duendes pegajosos y mantener su sonrisa brillante.

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Luego, Barnaby añadió una pequeña cantidad de pasta dental blanca con sabor a menta. Parecía una pequeña nube brillante posada sobre el cepillo. Barnaby explicó que la pasta dental es como un escudo que hace que los dientes sean fuertes y muy brillantes.

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Leo comenzó a cepillarse los dientes tal como Barnaby le mostró. Movió el cepillo en pequeños círculos, dando vueltas y vueltas. Se aseguró de llegar a los dientes de atrás, donde a la miel pegajosa le gustaba esconderse.

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La pasta dental se convirtió en muchas burbujas blancas y esponjosas. ¡Leo se miró en el espejo y se rió porque parecía que tenía una barba blanca! Barnaby cantó una canción divertida para ayudar a Leo a cepillarse durante dos minutos completos.

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Después de cepillarse, Leo se enjuagó la boca con agua fresca y clara. Escupió las burbujas en el lavabo y las vio desaparecer girando. Todos los Duendes Azucarados se habían ido, y su boca se sentía fresca, fría y muy limpia.

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Leo se miró en el espejo y lanzó un rugido gigante de alegría. Sus dientes brillaban como diamantes blancos bajo la luz del baño. Se sintió orgulloso de sí mismo por ser un valiente héroe del cepillado y proteger su sonrisa.

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Y desde ese día, Leo se cepilló los dientes cada mañana y cada noche. Sabía que una sonrisa saludable era el mejor tesoro de todos. Finalmente, Leo y Barnaby se fueron a dormir, soñando con aventuras felices y brillantes.



